Conviene que algunos comentaristas tropicales – habituados a seguir señas de caudillos autóctonos – recuerden las palabras del célebre Lord Palmerston, que en 1848, a nombre del imperio británico, aclaró: “No tenemos aliados eternos y no tenemos enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y son esos los que tenemos el deber de promover.”
Por Antonio A. Herrera-Vaillant
Su concepto debe tenerse muy presente al evaluar la política internacional de un coloso como Estados Unidos en medio de un agitado año electoral.
El actual mandatario norteamericano – atípico, poco diplomático y altamente conflictivo – genera altos niveles de apasionamiento interno. Pero quien conozca en detalle la historia de ese país sabe bien que en otras etapas las pasiones han llegado a extremos muy similares.
Una ojeada a la prensa de los años 1930 – en medio de las miserias de la gran depresión – revela que al hoy admirado Franklin Delano Roosevelt se le endilgaban, paralelamente y con frecuencia, los epítetos de “comunista” y “fascista”.
Quienes aseguran que si ganan los demócratas Estados Unidos terminará como Venezuela se van pareciendo mucho a esos que en 2016 juraron mudarse para Canadá si ganaba el señor Trump.
En plena campaña abundan la hipérbole, el histrionismo y la histeria: Entre venezolanos bastante etnocéntricos hay quienes equiparan a los demócratas con el chavismo y otros a Trump con el propio teniente coronel.
Pero el impacto personal de un mandatario sobre el futuro de Venezuela es mucho menor de lo que presumen los acostumbrados a dictaduras.
Tan ilusos son quienes confían en Trump como única esperanza de rematar al régimen, como quienes en Caracas y La Habana anticipan que en noviembre ganen los demócratas para que se termine el asedio a que están sometidos.
Nada más lejos de la verdad: La célebre ovación bipartidista al presidente interino de Venezuela en el Congreso de Estados Unidos fue de todo menos espontánea; y que casi 60 países – la mayoría de ellos naciones con mucho peso propio – desconozcan una farsa que comenzó nombrando un tribunal supremo chimbo en diciembre de 2015, no es decisión que se toma por capricho de un solo mandatario.
El fin del régimen forajido está cantado por el mundo democrático y lo que le queda es negociar – un poco antes o un poco después – cuál será el final de la historia.
A la postre, los malandros del régimen siempre terminarán frente al mismo “musiú” ([1]), así sea con distinto cachimbo.
[1] Proviene de “Monsieur”, y en Venezuela se utiliza para describir un forastero blanco o rubio norteamericano, Cachimbo – pipa.
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