J Balvin, de tipo común de Medellín a ícono cultural a nivel planetario

Por MiamiDiario PD noviembre 3, 2019 19:14

J Balvin, de tipo común de Medellín a ícono cultural a nivel planetario

J Balvin, quien se presentará por primera vez en el Madison Square Garden de Nueva York, asegura que se siente deprimido. Y agrega: «Al que le toca la depresión, le toca. En este momento, estoy aprendiendo a entender por qué me está pasando a mí esta ansiedad tan hija de puta que estoy viviendo»,  según publicó LaNación

Por Redacción Miami Diario

Es de hacer notar que no es la primera vez que la máxima estrella del reggaetón actual habla abiertamente de su salud mental: en los últimos días, entre posteos sobre «Qué pena» -su flamante hit junto a Maluma-, los shows del Arcoiris Tour que el mes que viene lo traerá a Argentina -toca el 14 de diciembre en el Movistar Arena-, una nueva línea de muebles en colaboración con Bob Esponja o el saludo de cumpleaños a su hermana modelo, el colombiano estuvo compartiendo la historia de sus batallas internas. La idea, dice, es alentar a los que atraviesan una depresión a que consulten a un psiquiatra sin miedo al estigma social. «¡No están locos!», repite varias veces en el video. «Y me importa un culo lo que diga la gente de lo que estoy haciendo. Les estoy hablando de mi verdad y de lo que siento».

Lo cierto es que cuando Balvin elige una batalla suele darla hasta el final. Prueba de ello es su largo historial de victorias a la hora de hacer prevalecer «su verdad».  Además de su campaña por visibilizar la discriminación a quienes sufren trastornos psiquiátricos, actualmente está en una guerra abierta contra los Grammy Latinos, desde que se conocieran las nominaciones de este año y los artistas de reggaetón fueron ignorados en las categorías principales. «Es como organizar el Balón de Oro sin llamar a Cristiano ni a Messi», dice por teléfono todavía desde el Mercedes, minutos después de despedirse de sus fans. «Si no los llaman a ellos, ¿a quién van a llamar?». Lo que más le molesta no es tanto la falta de reconocimiento de la Academia («Nosotros ya estamos avalados por el pueblo»), sino que los convoquen para tocar en la ceremonia por una cuestión de audiencia, pero luego no les den los premios, algo similar a lo que le pasó al rap estadounidense durante más de una década. «Nos usan», dice. «Pero quiero ver qué pasa con el rating si no vamos».

 

El reggaetón le debe mucho a Balvin. Sencillamente no ha habido un año del último lustro sin un hit suyo: en 2015 fue «Ginza» («Si necesita reggaetón, dale»); en 2016, «Safari» (en el que puso a Pharrell Williams a cantar en español); en 2017, «Mi gente» (en el que Beyoncé le agregó un par de estrofas, una de ellas también en español); en 2018, «I Like It» con Cardi B y Bad Bunny (la primera vez que Balvin llegó al Número Uno del ranking de Billboard en Estados Unidos); y en 2019 «Con altura», junto a Rosalía, que ya superó los mil millones de reproducciones en YouTube.

Las canciones de Balvin suenan en las playlists de personajes como el ex presidente Barack Obama, que en un acto reciente del Partido Demócrata dijo: «¿A quién no le gusta J Balvin?». Por todo esto, en 2019 el colombiano también logró convertirse en el primer artista de música urbana en tocar en el escenario principal del festival de Coachella en California desde Calle 13 en 2010, y en el primer headliner latino del Lollapalooza de Chicago.

Un dato a considerar es que la historia de cómo el reggaetón se convirtió en el nuevo pop global está lejos de ser lineal. Pero probablemente no habría sucedido de la misma manera si J Balvin -nacido en 1985 como José Álvaro Osorio Balvín y conocido por sus amigos y familiares como «Jose», con el acento en la o- no hubiera sido secuestrado en una situación confusa en Oklahoma un año antes de que «Gasolina» de Daddy Yankee impulsara la primera ola del género desde Puerto Rico.

Infancia privilegiada

Balvin vivió una infancia privilegiada en colegios del Opus Dei en Medellín, Colombia. Su padre, Álvaro Osorio, era un economista y empresario con un doctorado en Marketing Internacional, quien poco a poco se fue la quiebra. Sin embargo, Balvin se fue a los 17 años a Estados Unidos a estudiar inglés como parte de un programa de intercambio escolar en Oklahoma. «Fue muy traumático», recuerda Osorio desde Medellín. «La señora que lo recibió en su casa se apegó a él como si fuera su hijo, al punto de esconderle el pasaporte para que no se fuera». También le cortó los accesos a internet y el teléfono y, durante esos meses, el único llamado que Balvin pudo recibir fue de una novia que hablaba inglés, porque la dueña de casa pensó que se trataba de una compañera de estudios.

Cuando logró escapar con la complicidad de un compañero, Balvin se puso en contacto con sus padres. «Los celulares recién habían llegado a Colombia», dice Osorio. «Estuvimos toda la noche comunicándonos con el sheriff, y me debo haber gastado como 30.000 dólares en llamadas». Ante la angustia, Osorio y su mujer, Alba Mery Balvín, le sugirieron a su hijo que, en lugar de volver a Colombia, aprovechara la visa de estudiante y pasara una temporada en la casa de una tía en Nueva York.

De esta manera, Balvin descubrió el rap.

El cantante logró un trabajo como paseador de perros en el SoHo de Manhattan -de manera ilegal, ya que su visa no se lo permitía- y, en esas calles, se chocó de frente con la cultura urbana de la ciudad. Su faceta actual de coleccionista de arte (en su casa de Medellín tiene cuadros del artista japonés Takashi Murakami, que además es su amigo) arranca acá, viendo grafitis en las paredes, al igual que su interés por la moda, las joyas y prácticamente todo lo que hoy lo convierte en un ícono cultural más allá de la música. Se la pasaba escuchando el Get Rich or Die Tryin’ de 50 Cent y al pionero del rap en español Vico C, y escribía sus rimas a diario. Cuando vio las publicidades con Jay-Z en los carteles más grandes de Nueva York, se dio cuenta de que el hip-hop era más que una expresión cultural: era una industria en sí misma. Y ahora, también, era un horizonte.

Posteriormente, vivió un tiempo con un amigo en Miami. Corría el año 2004: ni la ciudad estaba lista para que un rapero de Colombia la tomara por asalto, ni él tenía una visión demasiado poderosa para ofrecer. «Todavía había un estigma muy grande», dice él. «Te decían que si no eras moreno, no eras parte». En cambio, sobrevivió pintando casas y ascensores y colocando techos bajo el calor agobiante de Florida, otra vez de manera ilegal. (Una década más tarde, cancelaría una actuación en el concurso Miss USA después de que Donald Trump, uno de los dueños de la corporación que organizaba el certamen, lanzara su candidatura a la presidencia de Estados Unidos con comentarios discriminatorios sobre los latinos que llegaban al país en busca de trabajos como esos). Finalmente, volvió a casa para arrancar de cero.

Su padre dice que «se fue de acá siendo rockero, pero volvió convertido en rapero. Y les ganaba a todos». De esta manera, Balvin empezó a competir en las batallas de freestyle de la discoteca Dejavu de Medellín (fue campeón un par de años seguidos) y formó el grupo de rap MDL, al mismo tiempo que cursaba las carreras de Negocios Internacionales en la Universidad EAFIT y Comunicación en la Universidad Pontificia Bolivariana, ambas privadas. Buena parte de su éxito actual se explica por su afición a los negocios, un tema que lo apasiona tanto como la música. «Nunca me recibí», dice, «pero sigo aplicando lo que aprendí en esas clases». De hecho, fue más o menos en esa época que Balvin tomó para sí una línea que Jay-Z rapea en el remix de «Diamonds from Sierra Leone», de Kanye West («I’m not a businessman. I’m a business, man»), y la convirtió en su latiguillo… traducida al español: «J Balvin: el negocio, socio».

Se cree que el detonante para torcer el rumbo de su destino fue la aparición fulgurante de Daddy Yankee como nuevo rey de la música urbana en español, luego del lanzamiento de Barrio fino, probablemente el disco latino más importante de la década pasada (y el más vendido). «Al principio, le copiaba hasta la forma de caminar», dice Balvin, que vio en el reggaetón la oportunidad de triunfar como rapero siendo blanco. Su padre recuerda ese descubrimiento de una manera particular. «En un almuerzo, le dije: ‘¿Tú haces rap por pasión o por razón?'», recuerda Osorio. «Y él me contestó: ‘Padre, yo quiero ser millonario’. Así que le dije que el rap en Colombia no era popular ni iba a serlo en mucho tiempo, pero que ocho días atrás había escuchado una música llamada reggaetón, que tenía mucho ritmo y que eso sí era comercial. A la semana, me dijo: ‘Me gustó eso del reggaetón, voy a ir por ese camino’. Y así nació J Balvin. Esta es una verdad nunca antes contada».

En 2008, Osorio le consiguió a su hijo un show como telonero de 50 Cent en Medellín, una chance de esas que parecen cerrar un círculo y podría haber marcado un quiebre, pero que pasó un tanto desapercibida. En esa época, la primera ola del reggaetón ya había quedado atrás (Daddy Yankee pasó de grabar un disco lleno de feats internacionales a uno que incluía únicamente a su compatriota Tito El Bambino), y no era tan claro que fuera a volver. Al año siguiente, de hecho, un Balvin casi caricaturesco estaba haciendo publicidades de motos de segunda marca, en las que cantaba cosas como: «Ya sé lo que quiero, una AKT prefiero/ Respaldo y garantía, diseño, economía/ Y te consienten bien, siempre que tu moto sea una AKT/ En AKT voy yo, por precio y calidad es la mejor opción/ AKT es el negocio, socio». Por supuesto, está en YouTube. Había que tener mucha fe para creer que por ese camino había algo parecido a una carrera.

«Te voy a ser honesto», dice Nir Seroussi, el ex presidente de Sony Music U.S. Latin, responsable de haber firmado a artistas clave del reggaetón como Ozuna, Maluma y Nicky Jam. «Acá el visionario fue Balvin, y los demás seguimos su lógica». Desde Miami, como encargado de la división latina de uno de los sellos más grandes del mundo, Seroussi vio de cerca cómo el reggaetón se apagaba tras encontrar su techo en la segunda mitad de los 2000, y cómo volvía a surgir en Medellín un lustro más tarde para sacar a la industria discográfica de una de sus crisis más profundas.

Abriendo caminos

Balvin ha dejado entrever que nunca se ha visto a sí mismo como un retador, sino como un continuador de la tradición dispuesto a abrir nuevos caminos y llevar la cultura a otro nivel. De hecho, a mediados de 2013, el primer gran hit suyo que trascendió la frontera de Colombia fue «6 AM», una colaboración con el puertorriqueño Farruko que justificó un contrato con Universal Latino y hoy acumula más de mil millones de reproducciones en YouTube. La canción es un ejemplo perfecto de lo que en esa época todavía se conocía como «reggaetón colombiano», en oposición al reggaetón de la isla: si musicalmente «Gasolina» toma el patrón rítmico clásico del género (conocido popularmente como «dembow») y lo combina con la sonoridad frenética y oscura del gangsta-rap, «6 AM» recupera la raíz aletargada del reggae y ofrece un color más pulcro y digital, una marca registrada del productor Alejandro «Sky» Ramírez, que en ese momento tenía 21 años. La letra del tema también es una novedad: inspirada en la película ¿Qué pasó ayer?, reconstruye en tono de comedia pícara una noche de aventuras de Farruko y Balvin. La melodía de la frase principal («No recuerdo lo que sucedió») es tan dulce y amable como la personalidad de los cantantes. Esa modificación estética impregnó todo lo que vino después, incluso hasta «Despacito», el hit de Luis Fonsi y Daddy Yankee que llegó a ser el primer tema en español en liderar el ranking de Billboard desde «Macarena» en 1996.

La fama de J Balvin como artista integral en control de cada uno de los aspectos del negocio es bien conocida, pero no por eso menos sorprendente. En junio pasado, el colombiano dio el paso más relevante de su carrera en ese sentido al firmar un contrato de representación con Scooter Braun, una joven celebridad del mundo del espectáculo que saltó a la fama como manager de Justin Bieber y Ariana Grande. «Somos un éxito», dice Balvin. «Hay muchas cosas de la música latina que él no sabe, y muchísimas cosas de la industria que yo no sé. Es un aprendizaje recíproco todo el tiempo». Braun es lo que habitualmente se conoce como «un tiburón» (recientemente fue noticia por quedarse con parte del catálogo de Taylor Swift… contra la voluntad de Taylor Swift), y Balvin parece tener una habilidad especial no solo para nadar entre tiburones, sino para convencerlos de que lo ayuden a transmitir su visión.

Rob Markus, el promotor de la agencia WME Entertainment, recuerda que Balvin lo llamó mil veces para decirle que era importante tocar en el main stage, y agrega: «Estaba seguro de que el show sería un éxito». Luis Estrada, que en 2013 era el General Manager de Universal Latino y heredó el contrato que Balvin tenía con EMI en la fusión de ambas compañías, recuerda que, incluso antes de tener un hit, «ya planteaba objetivos grandes. Tenía una visión internacional y quería conquistar nuevos mercados. Era un líder ganador». Fue en esa época que Markus empezó a trabajar con él, luego de que Rebeca León le mostrara unos videos. «Nos encontramos y Jose me dijo: ‘Yo no quiero ser un artista latino: quiero ser un artista global'», dice. Energía (2016) y Vibras (2018), sus discos más celebrados, todavía no habían salido, pero las giras del colombiano ya se enfocaban en viajar a lugares poco visitados por músicos latinos como Suecia o Bélgica.

Seroussi explica que Balvin»tiene muy buen oído y se da cuenta enseguida de cuál debería ser su rol en el tema: si tiene que asumir el protagonismo o compartirlo», dice . «Además, es consciente de que la canción puede no funcionar. Son las reglas del juego. Y eso le quita completamente el miedo de experimentar». Su última gran apuesta en esa dirección fue «Human Lost», el tema para la película de animé del mismo nombre, un tema de ciber-pop bombástico en colaboración con el grupo japonés M-Flo que probablemente lo ayude a abrir nuevos mercados en Asia.

De tipo común a estrella planetaria

Que un tipo común de Medellín tome la decisión de convertirse en un ícono cultural a nivel planetario suena como la clase de cosa que podría desatar una crisis de ansiedad, incluso en caso de lograrlo. De hecho, esa ansiedad y ese hambre de conquista probablemente sean factores decisivos en el ascenso vertiginoso de Balvin, que todavía está tratando de descifrar cómo usar ese arma de doble filo sin lastimarse. Además de su tratamiento psiquiátrico, toma clases de dibujo porque lo relajan y, cuando no está de gira, se levanta a las cinco de la mañana para encarar una rutina de ejercicio físico y meditación en pos de mantenerse en eje. Su bio de Twitter actual es sencilla pero reveladora; simplemente dice: «Ser Humano».

Al ser consultado sobre sus logros en la industria, confiesa que «yo siempre visualicé el éxito, siempre tuve la fe. Hoy veo las canciones que se vienen, las colaboraciones que estamos preparando, veo el concepto global que hay detrás de todo eso, y pienso: ‘OK, esto no fue suerte’. Esto fue 100% disciplina. Y yo lo tuve claro desde el principio.

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Por MiamiDiario PD noviembre 3, 2019 19:14

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